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The power of the dog reafirma a Jane Campion como una creadora aguda e inteligente, a través de una película que se incluye entre lo mejor del año.

A 28 años desde que Holly Hunter se fuera mar abajo con un pie atado al piano que le sirviera para tener una voz según la historia de su personaje; Jane Campion sigue aquí.

La directora neozelandesa sobrevivió al efecto global de aquella película de 1993, a su banda sonora que acabó por volverse ubicua, al Oscar y sus vaivenes, y regresa a las pantallas ahora con un filme donde se le nota en plena capacidad expresiva, dueña de un argumento que ella ha cargado con sutilezas, personajes consumidos por sus necesidades más primarias, y convirtiendo al paisaje en un elemento crucial, como corresponde a un drama romántico.

Porque acaso eso sea The power of the dog, más allá de ciertas convenciones y de ese final tan a lo Campion que nos obliga, a fuego lento, a discutir todo lo que después de esas dos horas hemos visto y creído.

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El filme está basado en la novela homónima de Thomas Savage, publicada en 1967 y que no tuvo mucha atención hasta ser reeditada en el 2001 acompañada por un texto de Annie Proulx, la autora de Brokeback Mountain.

La referencia a la escritora del famoso relato no es casual: aunque su trama se ubique en Montana y 1925, acá también se discute la homosocialidad, la homofobia, y salen a flote peligros y prejuicios que pueden hacer miserable cualquier noción de vida, como un reflejo temprano del desdichado idilio de Jack Twist y Ennis del Mar.

Jane Campion recibió la novela a través de una persona de su familia y decidió convertirla en su siguiente proyecto.

Benedict Cumberbatch, Jesse Plemons, Kirsten Dunst y Kodi Smit-McPhee son las cuatro puntas de un argumento que finalmente respaldó Netflix y en el que, además, se dejan ver brevemente la gran Frances Conroy y Keith Carradine.

En realidad no se trata de un western, aunque apele inteligentemente a todas las claves visuales propias del género. Tampoco se rodó en Montana, sino en Nueva Zelanda.

Y todo resuelto con la dosis precisa de credibilidad y el acento colocado no solo en el impresionante paisaje, sino en lazos y contradicciones de esas cuatro personas.

George Burbank y Phil son hermanos, pero no podría imaginarse a dos figuras tan distintas entre sí. Comparten la propiedad en la que viven y comercian, pero no mucho más.

George, (a quien Phil llama Fatso despectivamente por ser tan opuesto a sus maneras de cowboy rudo), se casa en secreto con una viuda, Rose, y la trae a esa casona que parece salida del gótico americano. Con ella vendrá su hijo, un joven delicado que hace flores de papel y disecciona animales.

Esos dos extraños provocan el rechazo de Phil, quien se enfrenta a su cuñada, y al mismo tiempo experimenta repulsión y atracción hacia ese muchacho de maneras tan delicadas.

Peter, con esa silueta tan delgada y aires femeninos, es en verdad un espejo de todo lo que Phil reprime en su naturaleza, en la cual solo hay paz cuando evoca a Bronco Henry, quien fuera su mentor y según parece algo más cuando él tenía la misma edad de Peter.

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Según parece, digo, porque Campion decide desde el guion qué detalles sabremos o no de ese pasado, dosificando cuidadosamente esos y otros secretos sin enunciarlos nunca de manera directa.

Con la fotografía de Ari Wegner y la edición de Peter Sciberras como aliados esenciales, Campion ahonda en ese espacio de relaciones masculinas que combinan los ritos de una especie de fraternidad que ahoga al deseo al mismo tiempo que lo exacerba. Y nos remite a un tiempo donde ni siquiera la palabra homosexual era debidamente reconocida y aun aplicada a aquello que fuera salido de cierta norma.

En ese sentido, la brillantez del trabajo de Cumberbatch radica no solo en los rictus y tensiones que sufre Phil, sino en la cadencia mediante la cual consigue equilibrarlos con la lucha interna de su personaje, que vuelve al río y se desnuda para regresar acaso a esa época de inocencia, cercana a la infancia, en la cual su cuerpo podía entregarse a una sensualidad no maniatada por el rol de macho que debe interpretar cotidianamente, o cuando, como otro Nijinsky en su propia siesta del fauno, usa un pañuelo que fuera de Bronco Henry para evocarlo y encontrar, en el roce de ese objeto contra su cuerpo, al fin un momento de placer.

Mientras el matrimonio de Rose y George desciende a la mediocridad y ella trata de aliviar su angustia mediante el alcohol, Phil va cediendo ante la presencia de Peter, que no es ni mucho menos una víctima enteramente indefensa, como se sugiere al final de The power of the dog, con cita bíblica mediante.

Tal vez lo que nos revela esta película es que ciertas formas del amor nos condenan a reconocer una verdad cuyo fin último no es otro que la muerte, como si el peso de lo callado fuera una divisa que no pueda redimirse en vida, aunque tal sentencia llegue disimulada por el gesto menos sospechoso.

Campion se ahorra diálogos para que la trama gane su propia textura narrativa (como en la práctica de piano que Phil le estropea a Rose, sin que medie una palabra en ello), y deja que la impresionante naturaleza también sea parte de ese lenguaje de verdades a medias, recordándole al espectador que también le toca un rol a fin de completar esta historia, que se evita un golpe de ópera en su desenlace pero deja una gota de duda e incertidumbre en ese momento que hará que este filme nos acompañe, también como una especie de secreto.

Ese final contiene tantas interrogantes tremendas. Acaso Phil y Peter sean homosexuales de eras incompatibles: uno afincado como líder de su propia manada de hombres ante los cuales no se desnuda aunque los vea bañarse en el río desde su caballo, y otro, que estudia medicina y proviene de un ámbito citadino.

Uno, que esconde viejas revistas de fisiculturismo en cuyas páginas se deja ver a Eugen Sandow, y otro que regala a su madre el conejo que más tarde va a diseccionar.

Uno encontrará las maneras de sobrevivir al otro, oponiendo a la rudeza y al deseo primario las armas de la ciencia y el estudio que pueden, incluso, disimular un crimen.

Lo que presenta The power of the dog es una lucha de arquetipos, un estudio minucioso y detallado de una batalla entre cuerpos, silencios y deseos.

Cuando han pasado ya 16 años desde Brokeback Mountain, esta película -ganadora del León de Oro a la mejor dirección en Venecia- pone otra vez en discusión a ese modelo de masculinidad que es el cowboy.

Va también más allá de eso, prolonga su alcance hacia otros gestos y culpas que nos siguen acompañando.

Gracias al eficaz trabajo del elenco (alegra ver el desempeño sobrio de la Dunst en este rol de viuda-esposa que se va autodestruyendo) y al fuerte trabajo que desde la cámara y los diálogos nos ahorran ciertos titubeos o flaquezas, Jane Campion nos devuelve a un cine que saca partido de la pantalla grande, que mueve con firmeza a personajes cargados de conflictos y que expone, hasta ese final perturbador, los límites a los que nos puede arrastrar un secreto.

Tal vez nunca sepamos con certeza a qué achacar el destino de Phil. Acaso haya un culpable o fue todo debido a un descuido, a una imprudencia.

Lo que hace la directora, al inocularnos esa dosis de duda, es diseccionar nuestras propias convicciones, recordarnos que la ambigüedad es lo que diferencia al arte de otras realidades, señalar, entre el susurro y el silencio, la palabra que tal vez se encuentre al fondo del espejo.

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The power of the dog reafirma a Jane Campion como una creadora aguda e inteligente, a través de una película que se incluye entre lo mejor del año.

Sin estridencias, sin superhéroes, sin demasiada retórica, sin obviedades. Como nos enseñaron algunos grandes nombres de ese arte que es el verdadero cine.

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