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Tras una espera que pareció interminable, y que muchos presintieron que nos distanciaría demasiado de los habitantes de Hawkins, Stranger Things reapareció en Netflix con su cuarta temporada.

La tercera había sido presentada igualmente por Netflix en julio de 2019, y ahora, a tres años de aquellos episodios, los hermanos Duffer y la casa productora han subido la parada, apostando todo a fin de recuperar a sus fieles espectadores, y hay que decir que lo han conseguido, así sea al exorbitante costo de unos 30 millones por episodio.

Y baste recordar que el presupuesto de ET, el extraterrestre o Los Goonies, dos filmes que son referencias esenciales en esta serie de corte fantástico y de ciencia ficción, no rebasaba los 20 millones.

Dándole la vuelta con inteligencia a esos argumentos, devolviendo a través de la nostalgia por el cine de los 80 y el ambiente mismo de aquella época, los creadores de Stranger Things se las han ingeniado para que por unos días hayamos estados pendientes de las nuevas peripecias de Eleven y sus amigos. Aunque haya crecido tanto la protagonista que debería ser rebautizada como Twenty Two.

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Así es, los chicos han crecido. De golpe y porrazo se volvieron adolescentes, cosa que ha debido dar dolores de cabeza a los Duffers, paralizados por el impacto de la pandemia de Covid 19.

Ya venían luchando con el imparable desarrollo de sus protagonistas y eso, por suerte, les adelantó algunos recursos de los que se han valido ahora para que les sigamos mirando con el mismo afecto.

La nueva temporada (dividida en dos volúmenes Dios sabe por qué, acaso solo por el mero hecho de generar más suspense entre sus admiradores) retoma a estos personajes en California, radicados allí tras el final de la entrega anterior, aunque pendientes de hechos siniestros que ocurren en Hawkins y los devolverán a ese poblado donde les conocimos.

Con el mismo gusto por el detalle en recuperar la época (vestuario, ambientación, dirección de arte, y la música excepcional de aquellos días, entre muchos otros elementos), los nuevos capítulos consiguen ese enlace mágico que ha caracterizado a toda la serie: padres e hijos siguiendo la trama, unidos en la expectativa de cada episodio, pero tambièn en la nostalgia por aquellos días en que, sin teléfonos móviles ni tan pendientes de computadoras y tablets, la infancia y la adolescencia ofrecían otros atractivos.

Tomando de aquí y de allá, de Stephen King, Steven Spielberg, Ridley Scott, en una mezcla postmoderna y consciente de sus muchas citas a películas, series, animados, etcétera, Stranger Things consigue ser un producto al mismo tiempo fresco y melancólico, a ratos previsible y aun atractivo, con giros sorprendentes en su trama y personajes entrañables, vistos sin cinismo.

De ahí sigue brotando mucho de su éxito.

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La nueva temporada presenta a un villano que deja chicos a los demogorgons de las jornadas previas, el siniestro Vecna, que llega desde la memoria casi perdida de Eleven y está aquí para poner en marcha un plan arrasador.

Al mismo tiempo, en Rusia, Joyce trata de rescatar a Jim Jopper, raptado por los bolcheviques.

Y esa es la parte más dura de tragar de toda la historia, porque nos obliga a estar saltando de California a las estepas pidiendo al espectador que se trague algunas cosas duras de creer, a conciencia de que haber enviado hasta allá al jefe de la policía de Hawkins era, desde el final de la temporada tercera, un problema que seguramente crearía otras angustias narrativas.

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Por suerte, lo que pasa en el otro lado de la trama es lo suficientemente poderoso como para perdornar esa Rusia de cartón y bolcheviques malvados que parecen no tener más que rencor bajo sus abrigos.

El mal, sobre todo el fanatismo, también tiene su reverso en California, y Jason Carver, el ídolo deportivo del colegio californiano que parece sacado de una secuencia de Carrie, está ahí para demostrarlo sin piedad.

Aún así, los episodios son más extensos de lo acostumbrado y eso, a ratos, genera la impresión que los guiones quieren abarcar demasiado, como películas y no capítulos de una temporada que bien pudo repartir tantas aventuras en diez entregas en lugar de solo nueve.

El libreto de la serie sobrepasó las 800 páginas, y de ahí el costo tan elevado de la producción, que rebasó lo que las otras partes de Stranger Things habían exigido a los productores.

Valga decir que el gasto tuvo su recompensa, porque la serie retornó con energías renovadas, y sus seguidores no han dejado de reconocerlo.

Editada con el ritmo del cine de aventuras de hace cuatro décadas, pero acelerado por el ojo de la visualidad de ahora mismo; cuidada, como ya dije, en la evocación de una época que, sin embargo, no huele a museo, Stranger Things 4 nos ha conectado de nuevo con la necesidad de un entretenimiento simple a primera vista, y con la memoria de un tiempo en el que acaso éramos menos impacientes o incluso felices de una manera màs simple.

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En el elenco, sorprende el regreso de Matthew Modine en su odioso rol de Papa, el tutor de los niños super dotados. Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin y Noah Schnapp aún mantienen el control sobre sus personajes y, con ellos, la serie también ha crecido en conflictos y mayor trazo sicológico, junto a un elenco que en sus otras partes se mantiene con dignidad, incluidos, por supuesto, Wynona Ryder y David Harbour.

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Mi elogio en particular va hacia Sadie Sink como la pelirroja Max, Maya Hawke con su impredecible Robin y, por supuesto, Jamie Campbell Bower, quien crece desde el rol de una víctima de Papa hasta el temible Vecna, de manera convincente y aprovechando todos las virtudes de su físico, incluso bajo la densa capa de maquillaje que exigía esa suerte de demonio, vampiro, xenomorfo y verdugo que es, en verdad, el eje de esta cuarta temporada.

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Y Eddie Munson, el rockero que viene a ser como toda una idea de esa música en los 80 y que se convierte en un héroe al resucitar para nuestros oídos un célebre tema de Metallica, consigue en la piel de Joseph Quinn no menos halagos.

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Los efectos de Stranger Things rebasan lo que la serie nos cuenta.

El uso inteligente de una canción de Kate Bush a lo largo de la temporada ha devuelto ese tema, Runnin Up That Hill, a las listas de éxito, redescubriendo a la cantante y compositora a toda una nueva generación.

Tras los largos nueve capítulos, la trama aún se extiende hacia el anuncio de una quinta temporada, que a no ser que los Duffers tengan guardadas cartas muy sorprendentes bajo la manga, debería ser la última.

Aunque con Netflix nunca se sabe. Ni con HBO, ni con Amazon, ni con Hulu, ni con esas plataformas que han logrado arrebatarle al cine lo que íbamos, justamente, a buscar en las grandes pantallas de los años ochenta.

Ese sueño que podía ser la aventura misma, para compartirlo luego con la banda de amigos del barrio, hablándonos directamente, sin la necesidad de un sms o un grupo de WhatsApp.

Lo que va creando Stranger Things, con su mitología creciente de monstruos, juegos, personajes radiantes o de perfil más oscuro, es esa idea de una nostalgia común, que pasa de generación a generación: la necesidad de seguir imaginando y creyendo que ciertos pequeños milagros son aún posibles.

Y que de ello, acaso, dependa incluso la salvación de este y otros mundos.

Todas las imágenes @ Netflix 2022

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