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¡Queridos Camaradas!, o la nostalgia por las estatuas caídas

por Norge Espinosa Mendoza
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Andrei Konchalovsky muestra en este filme los operativos siniestros del Partido Comunista para borrar una masacre de la era soviética.

Cuando hace 50 años se inauguró el fatídico I Congreso Nacional de Educación y Cultura, sus delegados aplaudieron en el cine Yara la proyección del filme que servía de apertura a dicho evento. La película no era otra que El primer maestro, dirigida por Andrei Konchalovski. A medio siglo de aquel día, acabo de ver ¡Queridos camaradas!, la película con la cual ganó, a sus poco más de ocho décadas de vida, premios en el Festival de Venecia y otros certámenes y que, siendo fiel a su poética, no deja de asombrar por las preguntas que desliza hacia ese mismo panorama al que alguna vez reflejó con alientos de otra épica.

No hay que olvidar que en su trayectoria se incluye no solo el arco de sus películas soviéticas, sino también el nada sencillo tránsito por la cinematografía norteamericana, a la que aportó títulos como Los amantes de María (donde Nastassia Kinski está más hermosa que nunca), o Runaway Train. A eso puede sumarse su aclamada versión televisiva de La Odisea.

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Los hermanos Andrei Konchalovsky y Nikita Mijalkov.

Mientras su hermano Nikita Mijalkov creaba piezas como Quemado por el solAndrei Konchalovski no regresaría del todo a su país natal como cineasta hasta la década de los 90 y la siguiente, demostrando que su fe de vida está ligada de modo irresoluble al cine, desde el cual nos regaló ese golpe contundente que es ¡Queridos camaradas! en el 2020, película basada en la historia real de una masacre perpetrada por el gobierno soviético en 1962, durante los años dorados de Kruschov, y que permaneció como secreto de estado hasta que, tres decenios más tarde, al fin se desclasificaron los reportes de lo ocurrido a inicios de aquel junio en Novocherkask.

La protagonista es una mujer dura y severa en sus proyecciones en tanto miembro del Comité Municipal del Partido. Lyuda es lo que en mi país se conocía como una “comecandela”, activista febril de su causa política, con un padre añoso que rememora sus días de la guerra y una hija irreverente que está harta de discursos y consignas, mientras el precio de los alimentos sube sin remedio.

Lyuda, también, es la amante de un funcionario del Partido, y se vale de sus contactos y pequeños privilegios para no meterse en los pequeños tumultos que un poco de yogur desencadena entre sus vecinos y conciudadanos. Un ejemplo recortado con sagacidad de ese militante que juega entre la doble moral de quien, en conversaciones privadas, expresa sus dudas y desencantos con el sistema, pero que ante sus representantes más hinchados y arrogantes, pone su mejor cara de soldado. Y no duda en exigir que a los malagradecidos y desencantados se les aplique la mayor de las penas posibles.

Todo eso se viene abajo tras la huelga de los trabajadores que sostiene el argumento. Una caída en sus salarios desencadenó la protesta y luego el tiroteo, cuyas bajas aún no están debidamente confirmadas. Entre 22 y 70 muertos hubo ese día en el apacible pueblo de Novocherkask.

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Los francotiradores de la KGB disparan a mansalva y todos corren, mientras las balas silban en el aire. Entre los que desaparecen en esa estampida está la hija de Lyuda, y nadie sabe luego acerca de su posible paradero.

Lyuda, la misma funcionaria que se levanta ante Mikoyán y sus acólitos en la reunión de urgencia que el Partido convoca desde Moscú para reclamar que no haya piedad con los revoltosos, va deshaciéndose poco a poco mientras trata de dar con su hija.

La búsqueda la obliga a pasar por una morgue, por un interrogatorio rudo y sin sutilezas, hasta un cementerio en el que han sido sepultados los cuerpos que nadie se atreverá a reclamar y cuyos nombres desaparecerán de los registros.

Ella misma descubrirá que, como esos cadáveres, ella es también una no-persona. Una suerte de marioneta que no logra sacarse de la cabeza, ni durante la borrachera que se permite para atenuar su dolor, una vieja canción plagada por el triunfalismo de los soviets.

Con guion del propio director Andrei Konchalovski y Elena Kiseleva, fotografía en un blanco y negro muy expresivo a cargo de Andrei Naidenov y edición de Serguei Taraskin y Karolina Maciejewska, ¡Queridos camaradas! no desperdicia sus dos horas, mostrando sin piedad los entresijos de una operación que intentó borrar de la historia soviética tal catástrofe, inculpando directamente a los oficiales de la KGB quienes, a su vez, se limpiaron las manos inculpando al Ejército.

Y se integra a ese ciclo de filmes que, no pocas veces también en blanco y negro (como la demoledora Cold War, del polaco Paweł Pawlikowski) develan pasajes siniestros de una Historia que no se limitó a desfiles y flores, ni a esas estatuas del Realismo Socialista que fueron descabezadas cuando el sueño del Este se hundió sin remedio.

Casi un subgénero que va revisitando, entre una nostalgia asumida como vida que pese a todo debe ser rememorada y un desahogo que se entiende como un acto de justicia así sea tardío, el sueño del Comunismo, a manera de un palimpsesto en el que reconocemos a próceres, amigos, parientes y enemigos. Y si vivimos bajo esa burbuja, aún a distancia, a nosotros mismos.

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Lyuda, interpretada por Julia Vysotskaya.

En el medio de todo está Lyuda, interpretada —como saben hacer los actores rusos- por Julia Vysotskaya. Uno contempla su trabajo y de alguna manera intuye que es una actriz que ya pasó por determinados fogueos, Chejov incluido, al que en efecto ya ella interpretó en el teatro.

Su desempeño guía el filme a través del horror, el desconcierto, las celadas de la utopía y las máscaras de la doble moral. Ella vio el horror en el frente de batalla y sobrevivió al papel de madre soltera, idealizando al padre de su hija, muerto en combate, como un héroe de la Unión Soviética.

Y se aferra a ello para no escuchar a su padre cuando le cuenta de la hambruna de 1922, y para pegarle a esa hija malagradecida o firmar el documento que le prohíbe hablar de la masacre so pena de cárcel o incluso de muerte.

La acompaña en ¡Queridos camaradas! un elenco digno, que evoca al de aquellas películas soviéticas que alguna vez nos saturaron en los cines y la televisión cubana: la peluquera, la señora que negocia con Lyuda en la trastienda, el funcionario partidista gordo e insufrible, el militar implacable que ordena repartir municiones a los soldados…

Y que nos permite entenderla cuando, a pesar de todo lo que no puede negar, dice ella que con Stalin estaríamos mejor, porque sin él ese Gran Sueño no podrá ser alcanzado.

¡Queridos camaradas! es una película que confirma exactamente eso: que el Gran Sueño es acaso inalcanzable. Sobre todo cuando su procuración implica el sacrificio de la verdad y la vergüenza.

Si algo me molesta levemente del filme son algunos instantes que parecen explicativos, pero entiendo que Konchalovski también habla a una generación para la cual esta Historia pronto será solo pasado. Prefiero a veces indicaciones más sutiles, como la rápida referencia a lo sucedido en Budapest en 1956: frase que apunta a otros pasajes no menos oscuros en la historia de la Gran Causa, y que también reclaman más libros, más filmes, más modos de hacer de la Memoria un patrimonio que sane el dolor, y nos salve de repetir esos gestos en un futuro cada vez más convulso e incierto.

La Política no puede suplantar a la Historia, aunque esta sea reescrita una y otra vez bajo la presión que la Política le impone.

Al final, siempre salen a la luz los cadáveres mal enterrados, los nombres de los apestados y los revoltosos, y el cargo de conciencia de quien se abrazó a esas consignas sin entender que el estallido podría aniquilar hasta lo más íntimo y aparentemente a salvo en casa.

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Andrei Konchalovsky

Valga esto como un saludo a Andrei Konchalovski, un cineasta coherente que ha repasado la Historia de su país como quien la ve en un espejo siempre abierto a la discusión, y que se toma tiempo para colocar en su película esas metáforas rápidas (la perra con sus cachorros, los niños que se bañan con los caballos a lo lejos), desde las cuales Rusia sigue reconociéndose como una Nación más allá de un solo episodio en su trazado.

No voy a revelar aquí el final de ¡Queridos camaradas!, porque ya se sabe que esa es una manía de nuestros malos reseñistas. Pero sí dejo abierto acá el espacio para esos supervivientes que aún se aferran (es su derecho) a los espectros de aquellas flores y días soleados de un desfile.

Esos, que como hermanos de una Lyuda incapaz de comprender del todo su tragedia, ven la muerte, ven lo peor de los seres humanos y, sin embargo, aún tienen fuerzas para seguir gritando, como quien vive un delirio del que no puede liberarse: Dorogie tovarishchi!

(La película puede encontrarse en YouTube, con subtítulos en español)

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