siro cuartel va al cine

Yo, Siro Cuartel, luego de cinco años y medio sin tirar un chícharo aquí en este sitio, he decidido volver.

Estoy seguro que alguna vez escribí esta anécdota pero ahora no recuerdo dónde. Lo que sí les puedo asegurar es que es real cien por ciento.

Tendría yo unos 14 años en 1985 y fui, un domingo por la tarde de un mes de junio -tal vez mayo- al cine Jagua.

Cualquiera sabe que en Cienfuegos existe este cine «local» al cual ya nadie acude, pero entre los años 1970 y 1980 vivió sus años de gloria.

Vivió incluso un momento mayor de gloria, fugaz por cierto, cuando en el año 1981 el principal cine teatro de la ciudad, el Luisa, fue objeto junto a otras obras de una reparación importante.

Cienfuegos luchaba por la sede del 26 de Julio -título que no ostentaría por primera vez en su historia, después de la división política administrativa, hasta el año 1984- y el cine Luisa fue sometido a reparación dos o tres meses.

Debido a ello se trasladaron, por motivos de fuerza mayor, todos los estrenos hacia el cine Jagua.

Lo sé -lo recuerdo- porque el estreno de la película ‘Guardafronteras’ fue allí, y perra matazón que se armó para entrar.

La anécdota que paso a contarles no sucedió con ese estreno, y ni siquiera fue ese año. Tampoco fue una premier, sino una reposición de ‘Blind Date’, un filme protagonizado por Kirstie Alley, una actriz que en 1984 tomó, si se pudiese decir así, a Hollywood por asalto con su participación en cuatro filmes.

Maravillado por esos ojos y persiguiendo por esos años el cine de terror, entré al Jagua para asistir a lo que sería un suceso apenas intrascendente pero que, visto desde la distancia, sirve de moraleja a cualquiera que decida usar el cine como lugar de escapada romántica con su amante y se vea sorprendido por su pareja, que le siguió los pasos desde la casa y vio como la engañaban vilmente.

Y si la última afirmación que dije aquí arriba la sospecho, por cuanto no vi esa persecución, lo que paso a narrarles sí sucedió delante de mis narices:

Estaba yo sentado en la fila del medio del cine y, justo en los asientos de adelante, se sentó esta «parejita». El, de 30 y tantos años. Ella, más joven.

Me corrí un asiento porque me bloqueaban la pantalla y esperé a que apagaran las luces. El cine se sumió en la más absoluta oscuridad y el hombre comenzó a acaramelarse con su pareja.

Una mujer bien vestida se aproximó por el pasillo de la izquierda y se sentó justo delante de mí, al lado del hombre.

«Manda mierda», pensé, y ya me decidía a moverme hacia otro asiento cuando un movimiento supersónico abanicó el aire y un soplo de aire frío me dio en la cara, y se escuchó en todo el cine un soberbio pingazo: ¡ZUABANA!

Había tanto silencio y expectativa porque empezara la película, estaba el cine tan vacío, que aquello sonó como una auténtica bomba.

Tan alto, que encendieron de inmediato las luces a ver qué había sucedido.

Ya para ese entonces el hombre, con uno de sus cachetes más rojo que un tomate, se había puesto de pie.

Su amante, rubia por más señas, se escabullía corriendo por el pasillo de la derecha tapándose la cara, cuando una frase retumbó en aquella sala:

“¡Así quería cogerte, tortillera!», gritó el hombre a la mujer que lo había galleteado.

No sucedió más nada.

El hombre se fue del cine y la gente se quedó mirando unos diez segundos aquella escena lamentable e insólita, cuando una mano, por detrás me tocó en el hombro mientras me susurraba:

«Oye, chama, ¿realmente a quién fue que le dieron la galleta: al tipo o a ella?».

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