
Fallece en Miami a los 97 años la gran vedette de Cuba: Rosita Fornés. Esta es una emocionada reseña que repasa los grandes hitos de lo que fue y seguirá siendo; su paso glorioso por el cine mexicano y cubano, por el teatro y por la televisión. Por eso nuestro sitio la destacó entre las diez grandes actrices cubanas de cine y por eso hoy, también, le hacemos el homenaje que merece ante su partida.
Enviado por su autor Norge Espinosa Mendoza para su publicación en ELCINEESCORTAR.
Cuando me preguntan por qué he escrito sobre ella en varias ocasiones, cuando incluso la interrogante va más allá y se deja sentir el retintín de quién se asombra ante mis elogios hacia su trayectoria (la de una vedette, una figura del entretenimiento, una mujer que fue tildada de frívola y pagó las consecuencias por ello en cierto momento de su carrera), suelo responder lo mismo: porque sí.
Porque soy de los que cree que sin una determinada nota de encanto, de elegancia, de disfrute pleno, y cómo no, de glamour, la vida no es exactamente la misma. Y porque ella, debajo de esa aparente superficie colmada de lentejuelas, plumas, joyas de fantasía, era un ejemplo extraordinario de humildad y sobrevivencia.
Por todo eso seguía su trayectoria, me alegraba de verla al paso, y trataba de entender por qué varios de mis maestros (Roberto Blanco o Carlos Díaz), se referían a ella con un respeto que no suelen prodigar.
Rosalía Palet debutó en la Corte Suprema del Arte. Hizo cine a muy temprana edad, debutó en el teatro en obras como El asombro de Damasco y, de inmediato, se transformó en la joven a la que todos miraban.
Ella misma no se consideraba exactamente bonita, pero lo era y tenia, además, una voz que le sirvió para la canción, la balada y también se ajustaba a personajes del lírico como La casta Susana o Ana de Glavary, a las que asumiría con eficacia más adelante.
Tenía algo más: el don de la simpatía. Y eso le abrió muchas puertas. Y también le cerraría algunas otras. Pero ella siempre se las arregló para mantenerse en activo, trabajando, lo mismo en el cabaret, que en revistas de variedades, que en el teatro, el cine o la televisión, donde llegó a ser una presencia ineludible.
Entre sus grandes amores estuvo México. En ese país se casó, y de su matrimonio con Manuel Medel nació su hija, Rosa María. Hizo cine, teatro de variedades, apareció en las portadas de revistas, fue pretendida por Cantinflas y otros célebres de la época.
Pero en los años 50 estaba de vuelta a Cuba, y en los estudios de la naciente televisión conoció a Armando Bianchi, a quien se uniría hasta que la muerte de este los separó. Famosas fueron sus apariciones en Mi esposo favorito, la versión criolla de I love Lucy; y cuando se produjo la muy comentada tomadura de pelo del platillo volador que “aterrizó” en la Ciudad Deportiva, ellos estaban entre los supuestos marcianos que viajaban en aquel artefacto.
Tras el éxito obtenido en España por su coterránea María de los Ángeles Santana, el empresario Joaquín Gasa Mompou se lleva a la Fornés a Barcelona y luego de ahí se iría a Madrid, donde estelarizó producciones de teatro musical como Linda Misterio, Los siete pecados capitales y Tócame Roque.
Ya había hecho en Cuba mucha zarzuela, opereta y había colaborado con compositores como Ernesto Lecuona y Gonzalo Roig.

La madurez la sorprendió en el arribo del triunfo revolucionario. Y decidió irse a Cuba lo que, entre otras cosas, significó el cierre de un exitoso y promisorio contrato, y el no poder dar los toques finales a su aparición en la película Palmer ha muerto. Esa sería, por mucho tiempo, su última película.
Si la televisión la asumió generosamente, en versiones sucesivas de programas estelares donde podía cantar Otro amanecer, de su muy querido Meme Solís, o La chica Yeyé, aquel éxito creado para Concha Velasco por Augusto Algueró, su compositor de Linda Misterio; el cine no hizo lo mismo.
La directiva del ICAIC la estimaba demasiado frívola y la puso en un index junto a figuras que, como Verónica Lynn o la propia María de los Angeles Santana, vieron pasar años y años sin que se les tomara en cuenta.
Pero a Rosa Fornés no había quien la detuviera. Hacía musicales en TV, cantaba ópera y zarzuela, aparecía en temporadas de teatro lírico, mucho cabaret, lo mismo en Tropicana que en el Internacional de Varadero, y fue una de los que defendía a amigos y compositores caídos en desgracia bajo los recelos que ella misma debió padecer.
Ya tenía una corte de admiradores cuyas “conductas impropias” no eran exactamente celebradas con entusiasmo por la nueva jefatura del país; y ella era “la reina de las locas”. Los tuvo siempre a su alrededor hasta el final, algunos tan fieles como su estilista Tony Besteni, con el que se reencontraría en Miami. Allí sucedió su fallecimiento, y apareció ante el público por última vez durante otro reencuentro en escena con su adorado Meme Solís.
Pero antes de esto, era mucho lo que la Fornés tendría por delante.

Sobrevivir en un ambiente cada vez más rígido, donde lo que ella supuestamente había representado durante los años 40 y 50 era visto no solo como una antigualla, sino como un rezago del mundo capitalista, exigía más que sonrisas y la amabilidad que Rosa siempre deparó a sus colegas. Incluso a los que le hacían la vida imposible, tratando de frenar sus giras, sus apariciones, sus éxitos.
Ella había ya logrado incluso que Rita Montaner la mirase con ojos menos resabiosos, así que podía hacer eso y más. Viajó a los países socialistas (una vez la sometieron a la humillación de que revisaran hasta sus pelucas, pues alguna malediciente aseguró que se llevaba sus joyas escondidas en ellas) y pudo, al fin, volver a México, para corroborar que no se le había olvidado.
Con La Fornés Tridimensional y otras revistas y especiales, fue recuperando fuerzas. Y en los 80, habiendo superado a esos funcionarios que le reprochaban ser, nada más y nada menos, que “Rosita Fornés”, dio nuevo impulso a su carrera.
Mario Balmaseda, desde el Teatro Político Bertolt Brecht, apostó por su popularidad, y le dio el protagónico de La permuta, a partir del guion cinematográfico de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. El éxito fue arrollador y, gracias a ello, se le permitió volver al cine, en una película que obró a manera de resurrección.
Bajo las órdenes de Roberto Garriga, Vázquez Gallo y otros maestros de la televisión cubana, Rosa Fornés había seguido interpretando una amplia variedad de roles, tanto de comedia como dramáticos, y eso la mantuvo bien entrenada durante todo ese periodo.
Lo demostró con creces al asumir a Violeta, la protagonista de Confesión en el barrio chino, junto a los hermanos Nelson y Nicolás Dorr, en 1984, un año después del estreno del filme Se permuta.
Y con esos ímpetus también se convertiría en la figura central de Hello, Dolly!, en el escenario del Teatro Karl Marx bajo la dirección de Octavio Cortázar, en 1985. Y hasta en la presencia fundamental de Canción de Rachel, sobre la novela de Miguel Barnet, en el ambicioso y nunca estrenado oficialmente montaje de Roberto Blanco.
Ya para ese entonces, las bromas sobre su edad y sus cirugías plásticas eran parte del imaginario colectivo. Ella misma, en Mis tres vidas, el documental que dirigió Luis Orlando Deulofeu como repaso de su carrera, en 1996, bromea al respecto.
En aquel período era habitual en la pequeña pantalla con su propio programa, Cita con Rosita, que reciclaba una y otra vez su más conocido repertorio: un eco, como respuesta criolla, al impacto que habían tenido en Cuba los especiales de Raffaella Carrá con Radio Televisión Española, mediante los cuales se levantó el anatema que padecíamos acerca del concepto “vedette”.
Siguieron más revistas musicales, como Vedettísima, La Fornés en Blanco y Negro y tantas otras, que no siempre ayudaron a mantener en pie su calidad.
Apareció en el Concurso Adolfo Guzmán y ganó un premio de interpretación; ya antes en ese evento le habían hecho una gala en la que los elogios de Germán Pinelli le habían hecho llorar. Era tan visible, estaba tan en la primera fila, que también eso le hizo blanco de chistes crueles. Pero ya lo digo, tenía madera de sobreviviente. Y aún le quedaban cartas bajo la manga.

Lo demostró con Papeles Secundarios. Rosa Soto, el personaje que interpreta en ese filme de Orlando Rojas, no es exactamente una villana. Es una mujer que viene de vuelta, como directora y actriz principal de una compañía teatral en crisis, que sabe que tiene que defenderse: de la vejez, de la caricatura de sí misma, de funcionarios que no saben nada de arte, y de traumas y de fantasmas que, por aquel entonces, apenas eran mencionados en el ámbito cultural cubano.
Su desempeño es memorable, alejado de lo que muchos imaginaban que podía obtenerse de ella. Y es que la Fornés no tendría la voz de la Streisand, la fotogenia de la Montiel, la presencia hipnótica de María Félix, ni otros encantos. Pero tenía su sello, su magia particular, su capacidad para asombrarse de sí misma a la hora de aceptar nuevos desafíos. Y la intuición suficiente como para asumirlos con sutileza.
En Papeles Secundarios ella brinda una de las mejores actuaciones del cine cubano. Mi generación, que veía a Rosa como una pieza de museo, acabó aprendiéndose sus mejores líneas.
El resto de su trayectoria es el de la figura que puede reclinarse a recibir premios y elogios infinitamente.
La EGREM se acordó de ella y le grabó un CD: Rosa del tiempo, y luego saldrían algunos recopilatorios.
Quería actuar alguna vez en la Sala Hubert de Blanck, y lo consiguió cuando filmó ahí su video de Balada para un loco.
Volvió al cine con Las noches de Constantinopla, tras haber añadido a su curriculum una temporada teatral en México con Para matar a Carmen, escrita para ella por José Milián.
Tony Pisani y Rey González, entre otros de sus fieles, mantienen en las redes información y videos de toda su trayectoria: altares de una diva que se ganó esa devoción a fuerza de trabajo y transparencia.




